Blog de poemas eróticos, místicos y amorosos, de Teresa Domingo Català.
lunes, 6 de julio de 2015
Amor, regreso a ti,
Amor, regreso a ti, al monte sagrado en que Abraham iba a sacrificar al primogénito con las dobleces del puñal, allí donde envainaba la península en el nombre de una fe presuntuosa, que pedía la muerte y no la vida, que entregaba sangre y cuerpo hasta que el ángel habló con voz de ángel y afirmó que Dios no quería sacrificios en su nombre.
Que la fe de Isaías me acompañe y bendito sea el nombre de Yavhé, y que todas las inmolaciones sean incruentas.
Un día fui hecatombe. Me esperaba el altar, y las cuerdas se me ataron en las manos, en los pies y un pañuelo me apareció en la boca impregnado de silencio.
Cuando la daga me entró en la carne y abrió las circunvalaciones del dolor aprendí la dádiva del Verbo. Se me dieron las luciérnagas y las luces que la noche en sí misma se contiene.
Tú me diste el sol, y ahora necesito iluminarme a medianoche, necesito la negrura en que te amé, y durante el día amanecerte entre mis brazos y besarte como si tus ingles fueran ígneas.
viernes, 3 de julio de 2015
Amor, a expensas del silencio te daré mis palabras,
Amor, a expensas del silencio te daré mis palabras, y las cortaré en pequeños ramos como si pudieran florecerte entre las ingles.
En las cimas más salvajes encontraré la serenidad, el pulso de la nieve que ni en verano se deshiela, ese frío antiguo que es la segunda piel de las montañas.
Resucitas entre nudos. El agua atraviesa las horadaciones y engulle la sangre, y el fluir de la misma sangre por los hemisferios del corazón.
Amor, he perdido la estrella que me diste, y ahora sólo están las sombras. Me inclino en esa oscuridad que sobreviene como si el útero de mi madre pudiera contenerme.
Los cartílagos de la noche tienen púas. La noche se cerciora de su afán caníbal.
En esa niebla deseada, en esa oscuridad primera, late el fuego subterráneo. Es la pulsación del Hades, el brillo de las aguas negras que me olvidan de mí misma.
Amor, la Estigia me resbala, y sólo tú vienes por encima de sus aguas.
Amor, escogí los caminos de la hierba del pensamiento.
Amor, escogí los caminos de la hierba del pensamiento. Con la ella bordé las sábanas de la cama nupcial, y en la hierba se extendía todo el amarillo de la creación. Sí, era amarilla, como amarillo es este verano que a pequeños golpes nos avisa de su consumación y sus ultrajes.
El verano nos ultraja. Nos cubre y nos descubre entre los sueños de las siestas, y al despertar ajena al tiempo, veo cómo ha transcurrido en los relojes que marcan su transcurso y que afirman que volverás, que sólo falta esperar a conseguir que vuelva el cielo.
Amor, desde los caminos de amianto veré tu nombre. Las letras me pesan en el corazón, y las convierto en hierba para que en regueros marquen el destino.
Hay una hilera amarilla en el subsuelo. Allí sueñan las gaviotas. Sueñan con el mar y el alimento de ese mar que no les miente, un mar sincero de agua verdadera.
En mis sábanas hay un lupanar, y entre velos acude la luz para mostrarme, para que mi desnudez se resuma en ser sencilla, y también sea torpe, con mis patas de cigüeña.
jueves, 2 de julio de 2015
Cómo hablar de los libros que no se han leído
He empezado a leer otro libro. Se titula Cómo hablar de los libros que no se han leído, y es de Pierre Bayard. Lo publica la editorial Anagrama, y un amigo me regaló la edición en libro de bolsillo, en la colección Compactos. He leído los dos primeros capítulos.
Es interesante su visión. El primer capítulo habla del bibliotecario de El hombre sin atributos de Musil - que no he leído, siguiendo con el juego ja ja - que no ha leído un solo libro de la biblioteca que está a su cargo pero que tiene una visión de conjunto de la mayoría de los volúmenes, que se cuentan por millones. Este punto de vista tiene parte de verdad. Es cierto que hay libros que no se han leído pero que podemos colocar en una época, en una corriente, en un "lugar" literario. A mí me pasa con la mayoría de los poetas del 27. Mi intuición me dice que no van a gustarme y así es. Cuando lo he intentado, se me han atragantado todos salvo Luis Cernuda, que me encanta, pero es que Cernuda sigue una tradición literaria diferente a sus coetáneos y es mucho más original que ellos. Así que leyendo poco a los demás sé que su estilo no coincide con mi gusto literario. Y si lo sé es por una ubicación que se dieron ellos mismos: la admiración por Góngora. Y es que yo no puedo con él. El mismo Lezama Lima, que sigue una tradición culterana, se me hace inaguantable. Entonces, ¿para qué sufrir si para mí leer es un goce?
El segundo capítulo trata sobre los que opinan sobre un libro - además de situarlo en época y tradición, además de la visión de conjunto - hablan sobre el libro hojeándolo, sin leerlo por entero. Y uno de los ejemplos que pone es el obituario de Paul Valéry a Proust.
Soy una lectora de un estilo muy diferente. Normalmente empiezo por el principio y sigo una lectura lineal, de página tras página hasta que llego al final. He dejado muy pocos libros sin terminar. Uno de ellos Mazurca para dos muertos, de Cela que se me hizo insufrible.
Me confieso admiradora de la novela decimonónica. Soy poco amiga de los experimentos tipo Joyce. Supongo que es por mi forma de ver la vida. Soy analítica y racional, aunque muy intuitiva. Y en la unión de la sensibilidad y emocionalidad con la capacidad analítica - que es y debe ser fría - los experimentos me son ajenos, porque no me suscitan emociones ni pensamientos. Y a mí el juego por el juego no me gusta.
No le encuentro mucho sentido a hojear un libro. Me gusta el misterio que desprende, hojearlo me parece una violación. Es como entrar en un territorio sin que te den permiso: si se ha escrito primero unas páginas y después otras, mejor seguir el orden que marcó el autor. Si estableció una estructura por algo es. Es como cuando entramos en la vida de otra persona: entramos despacio y con cuidado. No entramos ni nos gusta que nos entren de golpe. Es como un baile, como el juego del cortejo. Los libros son como amantes: nos seducen con la portada, con el título, Si es poesía podemos mirar de leer algún poema para ver wi es un estilo que nos agrada, pero si es prosa eso no tiene mucho sentido.
Los libros son inabarcables y lo sabemos. Deberíamos tener muchas vidas para poder leer una ínfima parte.
Pero el hecho de que leer uno es descartar millones no debería importarnos. También elegir un hombre o una mujer es descartar millones, también elegir un camino en la vida es descartar los otros. Es una condición que tiene la libertad. Y a mí me parece maravilloso que sea así. El caso es que la elección nos dé contenido y nos enriquezca. Y perdón por la perorata.
Amor, ¿dónde has escondido la penumbra?
Amor, ¿dónde has escondido la penumbra? Necesito dormir, y mientras tanto besar tus almohadas, el sudor que cae por las noches de este julio que se inicia, incipiente como un mago.
Amor, ¿y la negrura? La he visto pasear por el jardín, la he visto acumularse debajo de las piedras, y he visto cómo el mar oscuro arremetía incontrolable en los sueños de mi casa.
Preciso esa oscuridad que me ocultaste, ese dormir ajeno a las historias, ese refugio hecho de paja y sal, esa lluvia que sigue derramándose en mi cuerpo sin recuerdos.
La paz me viste con las sedas que recogiste para mí, para esconderme de ese sol brutal que todo lo persigue, para ocultarme de ese fuego que desvive mi corazón y lo delata.
Amor, en esta tarde de verano en que las palabras se apresuran, en que los océanos esperan, y los cielos se enternecen, te quiero dar mi amor envuelto en los ocasos que asesinan la jornada, envuelto en rojo, en amarillo, en violeta, y en los colores verás cómo los ángeles se ríen de nosotros y se ríen de la muerte, de su perecedero gatillo, y de su sayal desnudo.
miércoles, 1 de julio de 2015
Me guardé la cama...
Me guardé la cama para que el lince no la descubriera, para que en las sábanas se ocultase el amor, y para que allí dentro nos conmoviese la palabra. Somos verbo, intensamente.
Somos un delirio blanco que arde en los caminos de la lava, que la lava distribuye y suscita al pisar la tierra y devorar cada piedra y cada hoyo, como si el fuego pudiera borrar las cicatrices.
La lluvia me camina en la piel, y me nace el deseo. El sexo sí, pero no tan sólo. Amor, sí, pero más allá, donde el alma se eterniza, hasta donde llega la palabra antes nombrada, allí el amor es más amor, más puro y más recóndito. La luna lo acoge. En mis raíces hay un blanco color del cielo que de ella deriva. Es el ojo de la madre que todo lo perdona. Hay un ser en sí que me desliza en una lejanía en que los pantanos son agua con el barro. Cristalizo en la penumbra de esa noche que resbala por el suelo, un suelo ennegrecido, calcinado, un fuego que tiene la memoria achaparrada de un enano, que en su propia hoguera se me aísla, y destruye los pecios que el jardín colocó con su espesura.
Amor, hay un instante que se oculta a la mirada.
Amor, hay un instante que se oculta en la mirada. Me apropio los momentos y todos confluyen en el mismo.
Soy mi tiempo. El tiempo es el amor, y entre sus imágenes nos construye, nos nutre y nos convierte en lo que ahora somos, dos pájaros que se alimentan en el nido.
A veces el amor es turbio porque tiembla el enfoque del espejo, y en ese temblor existe el frío y la dulzura.
Soy la que aletea por encima de las nubes, la que desafía al poder oscuro, la que se bebe el licor que te nace entre las piernas con un frenesí que se olvida del mundo.
Amor, te encontré en las mutilaciones. Me faltaba un brazo, y me lo diste. Carecía de una pierna, me salvaste. Mis pies pisaban suavemente y me entregaste tus estrellas para que marcara el cielo con mis huellas. Amor, en ti mis manos son de agua, y sostienen mi corazón.
Entre mis muslos llevo las bendiciones que el Cristo derramó sobre nosotros.
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