Amor, te diría amor constantemente, como en una caminata, como ir en bicicleta, como coger las fresas cuando despunta abril y mayo avanza hasta ser junio, y junio se prolonga. Ahora, que estamos en noviembre, viene la lluvia y el calor no quiere irse. El frío avanza poco a poco en esta ciudad mediterránea, donde el amor vive, y es latente.
Mi corazón es como un ramo de amapolas. Y ahora, que la flores se adormecen, vivo en un ramo de blancura, en esas margaritas que compré para mis muertos.
Amor, tú siempre estás. Siempre me vives, me rodeas, me incitas y me pierdes. Como un gorrión picas en los cristales, te abro y vienes, y me llegas, me amas y te deseo más que a ningún jarrón de oro, más que a la belleza de la selva. Más bellos son tus ojos.
Tu piel es mi regalo, mis besos son tu ofrenda. Mi pelo que cae es el abismo que incita a la caída, tu pelo rubio es el anzuelo que me prende entre las ingles, en mis muslos sabios, que conocen tus ingles y que hablan, y platicando te aman honrando la memoria del amor primero.
Blog de poemas eróticos, místicos y amorosos, de Teresa Domingo Català.
lunes, 2 de noviembre de 2015
En este cielo
Amor, en este cielo hay otro cielo enceguecido. Hay una senda que a sí misma se eleva por encima del núcleo: es la partícula de la nada, la que tiene fiebre y muere entre tus brazos.
Amor, me sostiene tu mirada, el centro de esos ojos que miran en el beso, y en esa mirada se te cuela el crujir de la rama humedecida, el sabor de la tormenta que es salado. Es el agua del mar la que nos cubre de pureza.
Amor que redoblas tu carne, que avanzas por el sendero que quebró el destino que se anuncia en sones de trompeta, amor que llevas en ti el vino consagrado, la misma vid de que nació, dime si en entre mis piernas se abre el misterio que me lleva a descifrar las runas que me surgen en los dedos.
Amor loco, amor que sabes las palabras, las conoces y convocas, es en tu memoria que la sangre destila el agua de mi cuerpo, que mi cuerpo desvanece la sustancia de tu carne, que la materia se encarna en el Verbo y que el Nombre vive por nosotros.
Amor, me sostiene tu mirada, el centro de esos ojos que miran en el beso, y en esa mirada se te cuela el crujir de la rama humedecida, el sabor de la tormenta que es salado. Es el agua del mar la que nos cubre de pureza.
Amor que redoblas tu carne, que avanzas por el sendero que quebró el destino que se anuncia en sones de trompeta, amor que llevas en ti el vino consagrado, la misma vid de que nació, dime si en entre mis piernas se abre el misterio que me lleva a descifrar las runas que me surgen en los dedos.
Amor loco, amor que sabes las palabras, las conoces y convocas, es en tu memoria que la sangre destila el agua de mi cuerpo, que mi cuerpo desvanece la sustancia de tu carne, que la materia se encarna en el Verbo y que el Nombre vive por nosotros.
domingo, 1 de noviembre de 2015
¿Has visto...?
Amor, ¿has visto dónde la muerte se detiene? Va con plumas, y con un manto cubre las estrellas. Todo está oscuro, menos tus ojos.
La muerte se desnuda y es un vacío, es una nada que nos mira, que nos pide un susurro, una palabra que diga que la amamos, que se impregne de tormenta, de lluvia que amanece en el portal, y en su desintegración vemos cómo es de negra, cómo se confunde con la noche, en el letargo de la noche, cómo hiberna entre telares y se espera, y como sus manos nos conducen a ese éxtasis primero donde las ingles se desnudan.
Amor, te amo como te ama la muerte, con la misma necesidad, la misma espera, el mismo beso que te da yo te lo doy, el mismo cerco invisible junto a ti, la misma sangre que riega los omóplatos, la misma espalda que se desvanece entre los árboles marchitos, las flores secas.
Amor, qué cañada se desborda, el mismo tiempo se desborda en su inmediatez, y yo soy como el augur de los corderos, me desangro mientras te doy la misma luz del sol poniente.
La muerte se desnuda y es un vacío, es una nada que nos mira, que nos pide un susurro, una palabra que diga que la amamos, que se impregne de tormenta, de lluvia que amanece en el portal, y en su desintegración vemos cómo es de negra, cómo se confunde con la noche, en el letargo de la noche, cómo hiberna entre telares y se espera, y como sus manos nos conducen a ese éxtasis primero donde las ingles se desnudan.
Amor, te amo como te ama la muerte, con la misma necesidad, la misma espera, el mismo beso que te da yo te lo doy, el mismo cerco invisible junto a ti, la misma sangre que riega los omóplatos, la misma espalda que se desvanece entre los árboles marchitos, las flores secas.
Amor, qué cañada se desborda, el mismo tiempo se desborda en su inmediatez, y yo soy como el augur de los corderos, me desangro mientras te doy la misma luz del sol poniente.
Turbulencia
Qué turbulencia se me encendía en las ingles, qué lluvia renacía en las espaldas y crujía la belleza entre tus dientes. La devorabas con palillos de arroz, con cucharadas de jugo de trébol, y te comías las vísceras que transportaban el Verbo.
Me derramabas tus pétalos salados, y entre salmos me adorabas, como si la diosa que no tiene nombre me besara con tus labios.
Amor, llega la tormenta, y llega el ángel que me negó tres veces: el día en que nací, el día que te amé, y el día de mi muerte.
Amor, el día en que morí una lágrima cayó por la mejilla. Con ella se llevó lo que yo soy, y tú me devolviste la mirada y me entregaste mis ojos con tu semen.
Amor, no te me vayas. Quédate aquí, junto a las velas que enciendo por los muertos, junto a las flores que visitan los cadáveres, haz que el esqueleto y que sus huesos ardan en la purificación y en la pureza de esas almas que me aman.
Me derramabas tus pétalos salados, y entre salmos me adorabas, como si la diosa que no tiene nombre me besara con tus labios.
Amor, llega la tormenta, y llega el ángel que me negó tres veces: el día en que nací, el día que te amé, y el día de mi muerte.
Amor, el día en que morí una lágrima cayó por la mejilla. Con ella se llevó lo que yo soy, y tú me devolviste la mirada y me entregaste mis ojos con tu semen.
Amor, no te me vayas. Quédate aquí, junto a las velas que enciendo por los muertos, junto a las flores que visitan los cadáveres, haz que el esqueleto y que sus huesos ardan en la purificación y en la pureza de esas almas que me aman.
Cerca
Amor, qué cerca la ceniza, el sayal donde los vientos se reúnen, el tono azulado de los verbos que contienen tu hermosura.
Amor, en este aire que levanta las hojas iridiscentes de los árboles, en este manantial de umbrales que se ciernen en la boca, te doy los labios para besarte en una ilusión apasionada.
Me hieren las almas que se impregnan de amapolas, me hieren los mirlos que se comen el pan en pleno bosque, me duelen los besos que me das. Adolezco de tristeza.
Amor de soledad, que visitas el lugar donde el deseo se perdió, dime si en tus alabanzas se encuentra la pureza de un cuerpo desnudo, si en tus manos puedo encontrar la huella que dejas en mis labios.
Amor, crujes la penumbra. Te vuelves niebla y penetras en la noche. Dime si me amas con este corazón que se revela en sangre envejecida.
En las arrugas y en los pliegues rumoreaban las aguas como espliego, y se quedaban ciegas.
Amor, en este aire que levanta las hojas iridiscentes de los árboles, en este manantial de umbrales que se ciernen en la boca, te doy los labios para besarte en una ilusión apasionada.
Me hieren las almas que se impregnan de amapolas, me hieren los mirlos que se comen el pan en pleno bosque, me duelen los besos que me das. Adolezco de tristeza.
Amor de soledad, que visitas el lugar donde el deseo se perdió, dime si en tus alabanzas se encuentra la pureza de un cuerpo desnudo, si en tus manos puedo encontrar la huella que dejas en mis labios.
Amor, crujes la penumbra. Te vuelves niebla y penetras en la noche. Dime si me amas con este corazón que se revela en sangre envejecida.
En las arrugas y en los pliegues rumoreaban las aguas como espliego, y se quedaban ciegas.
Andanzas
Amor, qué andanzas me trajeron a tu lado. Qué esfuerzos me sobrepasaron como si la Tierra viviese entre tinieblas todo el tiempo, como si el resurgir del frío se llevara los gigantes de hielo de mis pasos.
Amor, qué hermosura me entregaste, para que la regara y la pusiera ante tus pies, para que mis jazmines adorasen la puerta más pequeña del cielo. Y en ese tiritar me trajiste el aroma más cándido de esas flores que me nacen en la piel, y me tatúan el Nombre entre todas las palabras.
Vives en mi soledad en un fuego que se inicia en los árboles, que arde en las ingles que te entregan su agua, la calidez de un ritual que se hace carne entre los Verbos entrelazados.
Amor, qué me sucedes como un magma de sangre. La lava es poderosa y también vives en el barro. En él posas tu palabra ensangrentada, el rumor de los clavos y la lanza, las espinas penetran en la frente que se ofreció al crimen, imaginación portentosa de pensarse hijo de ese fuego que quema en la anochecida tarde, en esta noche.
Amor, qué hermosura me entregaste, para que la regara y la pusiera ante tus pies, para que mis jazmines adorasen la puerta más pequeña del cielo. Y en ese tiritar me trajiste el aroma más cándido de esas flores que me nacen en la piel, y me tatúan el Nombre entre todas las palabras.
Vives en mi soledad en un fuego que se inicia en los árboles, que arde en las ingles que te entregan su agua, la calidez de un ritual que se hace carne entre los Verbos entrelazados.
Amor, qué me sucedes como un magma de sangre. La lava es poderosa y también vives en el barro. En él posas tu palabra ensangrentada, el rumor de los clavos y la lanza, las espinas penetran en la frente que se ofreció al crimen, imaginación portentosa de pensarse hijo de ese fuego que quema en la anochecida tarde, en esta noche.
En esta enormidad
Amor, en esta enormidad que me sostiene, en este laberinto que se encierra en el deseo, miro atardecer entre tus brazos.
Me aprietas en tu pecho y te me dices, y en tu palabra late el despertar de la noche con su anhelo.
Amor, se escapa la penumbra y se detiene. Refulge en su oscuridad primera y reside en tus ingles en un canto que se enamora de los grillos.
Los ojos suspiran con la calidez inusual en este otoño que germina sus pulsaciones estivales. Amor, qué hermosas flores nos trae la penumbra, qué rojos nacen cuando cae el sol en el crepúsculo. Qué caras curiosas se mantienen vírgenes alrededor del polen.
Amor, estos atardeceres otoñales nos traen el deseo. Se alinean los árboles y su sombra nos cubre para siempre. Cómo si fuéramos bendecidos por la luz, somos habitantes de ese paraíso florecido en los albores de la intimidad. Me besas en el fragor cotidiano de las sombras, y llego a la cumbre donde Dios les dio las sandalias a los pescadores de hombres.
Me aprietas en tu pecho y te me dices, y en tu palabra late el despertar de la noche con su anhelo.
Amor, se escapa la penumbra y se detiene. Refulge en su oscuridad primera y reside en tus ingles en un canto que se enamora de los grillos.
Los ojos suspiran con la calidez inusual en este otoño que germina sus pulsaciones estivales. Amor, qué hermosas flores nos trae la penumbra, qué rojos nacen cuando cae el sol en el crepúsculo. Qué caras curiosas se mantienen vírgenes alrededor del polen.
Amor, estos atardeceres otoñales nos traen el deseo. Se alinean los árboles y su sombra nos cubre para siempre. Cómo si fuéramos bendecidos por la luz, somos habitantes de ese paraíso florecido en los albores de la intimidad. Me besas en el fragor cotidiano de las sombras, y llego a la cumbre donde Dios les dio las sandalias a los pescadores de hombres.
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