Amor, hay un fluir que se mece en las sombras de los días, ahora que son cortos y en penumbra. La mañana despierta con los hojas ocres de un invierno a punto de nacer, un cestillo que hicieron los gorriones mientras el otoño transcurría, con sus picos de aves y sus alas.
Amor de tejados, te persigo en la lejanía de tus ojos, siguiendo tu mirada, yendo más allá de tus pupilas, extrañándote.
Mi Amado, se levantan las cercas del jardín y se entra por las rosas, se entra por las raíces de las rosas, pisando tierra firme, estremecida por los pasos de la luz de las estrellas.
Dónde están las montañas que nevaste, dónde la lluvia que cayó por ti en mi regazo, dónde el mar que te alejó de mis pisadas, dónde el amor que me corroe.
Hay un hechizo en el tiempo que transcurre. Pasa y vuelve, como si un día repitiera otro día, como si el lecho fuese siempre el mismo, como si las mismas flores nacieran nuevamente, como si al encarnarse con los pétalos la muerte dejara de ser la mensajera.
Blog de poemas eróticos, místicos y amorosos, de Teresa Domingo Català.
domingo, 6 de diciembre de 2015
viernes, 4 de diciembre de 2015
En qué tiempo
Amor, en qué tiempo florecieron las mimosas. Se aletargaron. Pareció que la sangre les latía como si profetizaran el adiós, como si fueran flores para adornar las tumbas de los vivos, esos sarcófagos que viven la costumbre entre sus manos como un pan caliente.
Prendí un ramo de invierno en la cintura, un ramo de frío, de escarcha penetrante, y me subía por la piel y descendía los tramos donde el hielo levitaba, como si la nieve pudiese ascender hasta los cielos donde cae.
Amor, será la profeta de tu nombre, la que anunciará tu venida, y cuando llegues me postraré en el pesebre de tus labios, en el rocío inmenso de tu boca. Te miraré. El tiempo seguirá girando junto a mí y me envolverá en sus trinos de reloj, cuando llegue el momento de la muerte.
Mi Amado, qué volcán me cubrirá con su lava mortecina, qué hambre disparará sus montículos cenicientos, y qué barro echarán sobre mí, qué lluvia lavará los restos de mi cuerpo.
Mi Amado, náceme, envuélveme en tu vello, en tu pecho de varón, en tus ingles de agua.
Prendí un ramo de invierno en la cintura, un ramo de frío, de escarcha penetrante, y me subía por la piel y descendía los tramos donde el hielo levitaba, como si la nieve pudiese ascender hasta los cielos donde cae.
Amor, será la profeta de tu nombre, la que anunciará tu venida, y cuando llegues me postraré en el pesebre de tus labios, en el rocío inmenso de tu boca. Te miraré. El tiempo seguirá girando junto a mí y me envolverá en sus trinos de reloj, cuando llegue el momento de la muerte.
Mi Amado, qué volcán me cubrirá con su lava mortecina, qué hambre disparará sus montículos cenicientos, y qué barro echarán sobre mí, qué lluvia lavará los restos de mi cuerpo.
Mi Amado, náceme, envuélveme en tu vello, en tu pecho de varón, en tus ingles de agua.
Me levanté
Amor, me levanté. Cruzabas desde lejos, desde la huella infinita donde el agua se te reflejaba en los ojos, y con ella me mirabas como si la misma mañana me mirase desde las fronteras de la aurora.
Amor, qué renacida despierto entre tus brazos, qué colisiones se elevan con tus besos, qué afluentes acuden con tu voz, qué cuerdas se desatan.
Amor, entre los cuerpos cultivo la penumbra. Ahora, que se acerca el solsticio nuevamente, siento como esa oscuridad se me aproxima, cómo la negrura se hace carne y se desvive por habitar el alma de los pájaros.
Vivo detrás de mi corazón. La sangre se me espesa y me fluye el líquido amniótico.
Soy la amante, la que te anidaba, la que construía un dique como una fortaleza donde besar tus labios, donde vestir las uñas y llevarme conmigo todo el sol, para que sólo a mí me iluminara, para que vieras gota a gota mi desnudez y yo fuera para ti la vestal que guarda el nudo de las constelaciones.
Amor, qué renacida despierto entre tus brazos, qué colisiones se elevan con tus besos, qué afluentes acuden con tu voz, qué cuerdas se desatan.
Amor, entre los cuerpos cultivo la penumbra. Ahora, que se acerca el solsticio nuevamente, siento como esa oscuridad se me aproxima, cómo la negrura se hace carne y se desvive por habitar el alma de los pájaros.
Vivo detrás de mi corazón. La sangre se me espesa y me fluye el líquido amniótico.
Soy la amante, la que te anidaba, la que construía un dique como una fortaleza donde besar tus labios, donde vestir las uñas y llevarme conmigo todo el sol, para que sólo a mí me iluminara, para que vieras gota a gota mi desnudez y yo fuera para ti la vestal que guarda el nudo de las constelaciones.
jueves, 3 de diciembre de 2015
Cómo se cruzan las hespérides
Amor, ves cómo se cruzan las hespérides. Mira cómo crecen las petunias. Hace calor en este otoño con diciembre a punto de nacer, con los brotes que esperan las crisálidas y con las flores que se vuelven mariposas.
Te mueves en los lindes de las ciénagas, allí donde no hay barro todavía, donde el agua permanece siendo agua y el cielo se estremece por nosotros.
Vendrás cuando la noche se convierta en madrugada, cuando la madrugada sea aurora, cuando el alba repique, y por la tarde se irán a enterrar los crisantemos la agonía de los muertos.
Las hojas de luz tiñen el camino con las hiedras. Te regalé una enredadera, para que la pusieras en el ojal, para que supieses que la raíz debajo de la tierra se agrupa humedecida.
Tú me diste el mundo, el que gira y gira sin parar, el que temblando desfallece, es muy oscuro, y de esa oscuridad nace el azul del viento y de la brisa.
Amor, hay pétalos en el alma que miran desde los frescos de colores, desde el balcón abierto donde los pájaros divisan el origen de sus propios nidos.
Te mueves en los lindes de las ciénagas, allí donde no hay barro todavía, donde el agua permanece siendo agua y el cielo se estremece por nosotros.
Vendrás cuando la noche se convierta en madrugada, cuando la madrugada sea aurora, cuando el alba repique, y por la tarde se irán a enterrar los crisantemos la agonía de los muertos.
Las hojas de luz tiñen el camino con las hiedras. Te regalé una enredadera, para que la pusieras en el ojal, para que supieses que la raíz debajo de la tierra se agrupa humedecida.
Tú me diste el mundo, el que gira y gira sin parar, el que temblando desfallece, es muy oscuro, y de esa oscuridad nace el azul del viento y de la brisa.
Amor, hay pétalos en el alma que miran desde los frescos de colores, desde el balcón abierto donde los pájaros divisan el origen de sus propios nidos.
Un instante
Amor, hay un instante en que el destierro se evade de las sombras. Como un exilio imaginario, bajo las piedras hay un destino que te recorre los pies, las uñas de los pies, las pieles de las uñas, los abrazos de los dedos, los besos en los dedos y en los pies, las libaciones del vino.
Amor, sé de la sed, conozco sus senderos, los abrevaderos en que para, el agua que aparece, el latido que se asombra en la sangre ahíta.
Llené de piedras los canastos hasta flambear la madrugada, hasta luchar con la penumbra y entrever el tono rojizo que los astros le dan a la nocturnidad, sus flores azabaches y sus árboles sombríos.
Amor, hay un cúmulo de cigüeñas tras mi espalda, allá arriba donde los monaguillos se dejan los rosarios.
Esas cigüeñas recién paridas me traen letras con tu nombre como hogazas de pan, el pan de los creyentes. Bebo del jugo de la arena, de la humedad de la arena, de la sangre del pájaro que muere en la arena, y de su corazón.
Amor, sé de la sed, conozco sus senderos, los abrevaderos en que para, el agua que aparece, el latido que se asombra en la sangre ahíta.
Llené de piedras los canastos hasta flambear la madrugada, hasta luchar con la penumbra y entrever el tono rojizo que los astros le dan a la nocturnidad, sus flores azabaches y sus árboles sombríos.
Amor, hay un cúmulo de cigüeñas tras mi espalda, allá arriba donde los monaguillos se dejan los rosarios.
Esas cigüeñas recién paridas me traen letras con tu nombre como hogazas de pan, el pan de los creyentes. Bebo del jugo de la arena, de la humedad de la arena, de la sangre del pájaro que muere en la arena, y de su corazón.
martes, 1 de diciembre de 2015
Enfilaste
Amor, enfilaste el camino de las dudas. Te diste a las sirenas que no cantan, que envuelven tu piel en sus escamas y y devoran esas noches que son negras, cuando ningún astro pulula por el cielo.
Vi esas sirenas, las vi rodeando tu hermosura, comiendo la luz que me traías y que se extravió en sus bocas acostumbradas al silencio.
Comían de tus ojos, de la luz que les dolía, y era una luminosidad sagrada, unas lágrimas bendecidas por el mar en que habitaban, extranjeras y extrañas en el mismo mar en que vivían.
Resguardaste tu mirada. La envolviste con tus párpados. Y cuando volviste a mí me la entregaste y sólo con tus ojos yo bebía de la maraña que el deseo apretujó, y ese deseo volvía a ser mío, volvía a declararse en mis caderas, se me aposentaba en la cintura y se me consumía en esas ingles que ansiaban tu respuesta.
En este diciembre que empieza y se acerca hacia el solsticio, tú también te acercas, en una Natividad constante, como si el Osiris que te nace me encontrara y yo siempre uniera tus pedazos.
Vi esas sirenas, las vi rodeando tu hermosura, comiendo la luz que me traías y que se extravió en sus bocas acostumbradas al silencio.
Comían de tus ojos, de la luz que les dolía, y era una luminosidad sagrada, unas lágrimas bendecidas por el mar en que habitaban, extranjeras y extrañas en el mismo mar en que vivían.
Resguardaste tu mirada. La envolviste con tus párpados. Y cuando volviste a mí me la entregaste y sólo con tus ojos yo bebía de la maraña que el deseo apretujó, y ese deseo volvía a ser mío, volvía a declararse en mis caderas, se me aposentaba en la cintura y se me consumía en esas ingles que ansiaban tu respuesta.
En este diciembre que empieza y se acerca hacia el solsticio, tú también te acercas, en una Natividad constante, como si el Osiris que te nace me encontrara y yo siempre uniera tus pedazos.
Junto a tus pies
Amor, junto a tus pies encuentro el ansia, el modo de volcarme hacia el deseo, la manera en que el amor se constituye en un ramo de anacondas, cuando el cristal es una retina en que se quedan fijados los anhelos.
Ese beso que te di, el que fue el último, no sabe de mensajes. No entiende las palabras. Sólo es beso, sólo los labios que se dan, las lenguas que palpitan, los dientes que tiemblan, las encías que sostienen, así el beso carece de palabras aunque se dé en la boca.
El cielo es como un nudo que se cierra. Se atan las nubes con pedazos de alas. Vuelan arraigadas a las plumas, mientras yo construyo la casa con geranios arraigados a la tierra.
Entre las sombras, la oscuridad. Entre los sables, las espadas. Entre nosotros, el mismo alba que renace y la misma noche que se encarna en la luna. Entre nosotros miles de estrellas fallecidas, voces que se desatan cuando la sangre llega y pide su tributo de mancebos y doncellas.
Ese beso que te di, el que fue el último, no sabe de mensajes. No entiende las palabras. Sólo es beso, sólo los labios que se dan, las lenguas que palpitan, los dientes que tiemblan, las encías que sostienen, así el beso carece de palabras aunque se dé en la boca.
El cielo es como un nudo que se cierra. Se atan las nubes con pedazos de alas. Vuelan arraigadas a las plumas, mientras yo construyo la casa con geranios arraigados a la tierra.
Entre las sombras, la oscuridad. Entre los sables, las espadas. Entre nosotros, el mismo alba que renace y la misma noche que se encarna en la luna. Entre nosotros miles de estrellas fallecidas, voces que se desatan cuando la sangre llega y pide su tributo de mancebos y doncellas.
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