lunes, 31 de agosto de 2015

Amor, qué bellos son tus ojos

Amor, qué bellos son tus ojos. Cómo me miro nuevamente en esas lágrimas que el deseo derramó, que un día fueron mías y olvidé.
Cómo te necesito en mi mirada, cómo entre las rosas encontré aquellas que te di y se marchitaron.
Ahora las rosas se mueven en tus párpados, tu hermosura me lleva hacia la mía, y mientras transcurren las dunas en mis manos te doy mis caricias ensoñadas, te doy lo que se me oculta entre las ingles, y que es tuyo.
Guardaré las cenizas de mi Fénix. Serán para ti, para que me recuerdes cómo soy cuando me muero, y muerta me ames más, como si mi cadáver pudiera envolverse entre amapolas y resucitar con las estrellas.
Amor, en mis estancias veo cómo me amaneces, cómo vivo otra vez entre los soles, cómo las lunas iluminan la sangre que desnudan, cómo me deslizo nuevamente por tus labios y con el roce el primer beso se me aparece como si nunca me hubiese ido.

Qué estepas tan tupidas se lleva el tiempo

Amor, qué estepas tan tupidas se lleva el tiempo y es como si no hubiesen existido. Es pronto y sé que aún están ahí, y también sé que al disiparse volverán a la nada en que nacieron, cuando se reflejaron en una distancia abrasadora, y al morir se convirtieron en puro polvo desechado.
Amor, estás aquí. Ahora mismo te enciendes en mis pechos, ahora mismo te vienes a mis ingles, y sé que me follarás una y mil veces como si en mí encontraras a tu madre, y quisieses ser Edipo y como Edipo retornar al vientre en que naciste.
En mi deseo hay un aquelarre. Transito por todos los tonos del negro. Mi sangre subsiste en las excavaciones, camina entre la oscuridad como si las profundidades me llevaran y soltasen.
Abro la puerta, abro las ventanas. Rompo los cristales, me los como, y se quedan en mí, para construir el espejo dónde ver cómo son tus ojos.
Amor, vendrá el amanecernos nuevamente. Vendrá el corazón latiendo. Se morirán las bestias, las que roen los pensamientos en instantes negros.

Vendrán los hielos y lo sé

Amor, me estremecí. Vendrán los hielos y lo sé, y entre esas bocas congeladas encontraré tus besos perdidos en mi cuerpo.
Me estremecí porque la luz que la nieve reflejaba entró en tus ojos, y entre las imágenes vencidas intuí que la hierba que tocabas era yo, y que en mí se sucedían los relojes, y en ti se detenían.
Amor, qué suburbios habité, a dónde fui que las cruces se rompían, entre los labios entreabiertos vi cómo la luz se enajenaba, cómo se iba y supliqué.
Me escuchaste y me dijiste que volviera a escalar entre los árboles, y en el árbol más alto donde el ángel puso sus alas de pájaro, donde su sangre anidó entre las ramas, allí volverías con los ojos más azules que el viento permitiese, con esa escarcha que inunda todo el suelo, su lava y su consciencia.
Hay unas flores que nacen con la nieve, son tan blancas como el cielo cuando nieva, son tan blancas como la niebla suspendida.
Nacen de lo más profundo de mis ingles y con ellas te doy mi alma y mi presencia.

Me diste el mundo

Amor, me diste el mundo. Recogí ese polvo de la estrella que caía. Lo llevé para guardarlo en un baúl, para que en el fondo del baúl te lo encontrases y brillaras más que el cielo.
Amor, qué caminos recorrí semidesnuda, qué aguas visité y qué lágrimas me salieron de los ojos pensando que te ibas, que te ibas por ese mismo camino en que yo veía desaparecer el alma, como si tú te la llevases, como si mi alma fuera tuya y así me abandonara.
Guardé el polvo de la estrella para ti, para abrir un brocal en esta tierra, para abrirlo y sumergirme en el agua que brotase, para que el agua me cubriera todo el cuerpo, y así tapar la desnudez que se significa en la profundidad del pozo.
Amor, me diste la lluvia y yo te doy el agua subterránea, la que da larvas y serpientes, allí donde nacen las crisálidas dormidas, donde las mariposas ascienden en un ruego.
Qué latidos más intensos cuando llueve, cuando se mezcla el agua con la tierra, cuando el barro se resume en ese Golem tenebroso y redentor.

lunes, 24 de agosto de 2015

Ves este septiembre

Amor, ves este septiembre que está a punto de nacer. Este septiembre que marca el día en que nací, con esa luz que va menguando y que poquito a poco se retira.
Amor, nací en tus ingles y a ellas vuelvo con el ansia de la lava por quemarse, por arrancar la hierba y esperar a ser nuevamente roca.
Vuelvo a ser un palpitar de estrellas, vuelvo a sentir el corazón y el recorrido de ese mismo corazón en los andenes de la ausencia.
En la imposibilidad hay un matiz de fuego negro, de fuego que se ahuyenta de sí mismo, que acontece entre la leña, en las fogatas de la desesperación.
Pero yo nunca desespero. Te sé y sólo eso me concierne, así todo transcurre en el sabiendo, así todo es escarcha renacida, flores que no puedes vulnerar porque no sabes que te escribo y que te amo.
Y ese fuego negro que humea desde el cielo me trae los azules más añiles de tus ojos, del dorado de tus cejas, de tus pestañas rubias, del vello que te nace dentro de las ingles y que se queda en mi boca.

Estoy aquí

Amor, estoy aquí. Nunca me he ido. En el fondo siempre me latiste, siempre me palpitó el deseo con tu nombre. Me llevaste al cielo y yo me fui, deslumbrada por los versos.
Amor que en ti te nombras, que fluyes aire entre ese fuego que no cesó de arder, te ofrezco ese umbral en que amanecen los cuerpos suspendidos.
Amor, entre tus piernas me encontré. Allí supe quién era. Y al perderme entre montañas te perdí, y mi llanto fue un llanto entre malezas, lloré rastrojos, lloré ortigas y veneno, lloré la sangre que el Cristo derramó, y en el silencio supe que extraviada, volvería.
Amor, dónde puse las flores para ti, mis nazarenas, las flores del sudario que renacieron tres días después de la hecatombe.
Amor, si el deseo es la vehemencia de estos versos, mi deseo por ti es inenarrable, y saber que jamás se cumplirá lo aumenta y lo engrandece.
Amor, mi alma vuelve a alimentarse con el semen que te encierra.

Viniste a casa

Amor, viniste a casa. Te tendiste en el lecho de romero, me miraste, en tus ojos vi cómo era el cielo y en tu rastro de estrellas encontré mis propios ojos.
Amor, amanecí con la sangre entre las manos, con las heridas abiertas en el cuerpo, con el amor sobrepasando los lugares, con el deseo brutal de acontecer entre tus piernas.
Amor, ¿qué son esos latidos que me hierven? ¿Qué son esos ocasos que esperan a anochecer a que llegues a mis brazos?
Amor, te amé como una hiedra sin raíces, te amé con el soplo de un tifón que se calmase al llegar a tus labios renacidos, te amé como la lluvia, como si el agua fuera yo, y mi yo líquido te alzase y te llevara al mismo pulso de las águilas.
No quisiste estar conmigo. Te llamé una y mil veces. Me escondí. Me oculté a la luna. La desangré. Y en esa sangre que caía de mis muslos había un mensaje para ti, un mensaje hecho de mar de luna inhabitable, como si yo nadara en esos mares blancos y tú enmudecieras.