Amor, he despertado. Me he encontrado con tu anillo. ¿Para qué me diste este oro, esta plata que reluce entre los dedos?
Yo sólo quería tu mar, y tu costumbre. Sólo tu rutina de dormir, de bostezar entre la miel que acompaña el desayuno, de recoger las migas de ese pan que se nos pierden, los trozos de galletas, la mantequilla que hay que lavar con el mantel.
Sólo quería el aceite y tú me diste la aceituna.
En estos olivares la hoja tiene el verde profundo del amor, del amor que florece en el invierno y que florecido llega en primavera.
Así las ingles se me aroman con el fulgor de esos troncos que reciben las aguas de los cielos.
Amor, como un olivo llego hasta tus pies, y me recibes. Mi Amado, te daré rosas silvestres de las que hay cerca de mi casa, rosas de jardines que alguien abandonó a la intemperie, que nacen del corazón de esa tierra humedecida por tu esperma.
Blog de poemas eróticos, místicos y amorosos, de Teresa Domingo Català.
jueves, 31 de marzo de 2016
Qué lluvia
Amor, qué lluvia me traes que en el cuerpo es llovizna desatada, un diluvio callado y silencioso en que las gotas persiguen un corazón desabrigado, y la sangre que lo incita a renacer entre las brumas.
Amor, la niebla trae agua. O es el agua quién la trae. Así tu semen es espuma, ola de mar y caracola de esos mares, de esas tormentas estelares en que la luz desciende entre los lagos, entre las montañas que se erizan con la nieve de sus cimas.
Mi Amado, amo las tormentas. En su seno hay un despertar entre relámpagos, y los truenos es la voz de esos misterios blancos que brillan en el cielo.
Entre mis muslos está la luz. Allí vive y se demora. Entre tus piernas vive el residirse, el penetrarse, el encenderse de amor entre tus brazos.
Eres la blancura del semen que derramas, el que se posa sobre mi piel y la acaricia, el que se entrega entre las eyaculaciones del alba, cuando la noche perece entre las sábanas, y contradice las mismas estrellas que viven en su cuerpo.
Amor, la niebla trae agua. O es el agua quién la trae. Así tu semen es espuma, ola de mar y caracola de esos mares, de esas tormentas estelares en que la luz desciende entre los lagos, entre las montañas que se erizan con la nieve de sus cimas.
Mi Amado, amo las tormentas. En su seno hay un despertar entre relámpagos, y los truenos es la voz de esos misterios blancos que brillan en el cielo.
Entre mis muslos está la luz. Allí vive y se demora. Entre tus piernas vive el residirse, el penetrarse, el encenderse de amor entre tus brazos.
Eres la blancura del semen que derramas, el que se posa sobre mi piel y la acaricia, el que se entrega entre las eyaculaciones del alba, cuando la noche perece entre las sábanas, y contradice las mismas estrellas que viven en su cuerpo.
miércoles, 30 de marzo de 2016
Es de noche
Amor, es de noche y la piel me palpita en las estrellas. Me circunscribe la luz y me acompaña en este transitar de vagabunda, cuando sé que te vas y en mí permanece el almizcle de esta tarde.
Se me eleva el deseo, se me convierte en un deliro. En mis alucinaciones te quedas junto a mí y me das el cielo con tus ojos, me das la lluvia en tu mirada, me entregas tu semen en pequeñas hojas verdecidas.
Te me das. Y yo lo sé. Como sé que es preciso desprenderse. Que es preciso abandonar el lecho alguna vez. Que no se puede ser cuerpo desnudo para siempre.
Pero es este mi deseo. Ser desnuda junto a ti. Ser flor eterna. Luz de quiqué. Llama de vela que no consume su furor. El agua de tu boca y de tu esperma.
Amor, lejos no existe. No importa qué aire respiras, ni qué nieve te rodea. No importan las montañas que cruzan sus caminos. No importa nada más que este deseo que atraviesa todos los rincones del mundo para encontrarte, para traerte junto a mí y besar esos labios que me mienten.
Se me eleva el deseo, se me convierte en un deliro. En mis alucinaciones te quedas junto a mí y me das el cielo con tus ojos, me das la lluvia en tu mirada, me entregas tu semen en pequeñas hojas verdecidas.
Te me das. Y yo lo sé. Como sé que es preciso desprenderse. Que es preciso abandonar el lecho alguna vez. Que no se puede ser cuerpo desnudo para siempre.
Pero es este mi deseo. Ser desnuda junto a ti. Ser flor eterna. Luz de quiqué. Llama de vela que no consume su furor. El agua de tu boca y de tu esperma.
Amor, lejos no existe. No importa qué aire respiras, ni qué nieve te rodea. No importan las montañas que cruzan sus caminos. No importa nada más que este deseo que atraviesa todos los rincones del mundo para encontrarte, para traerte junto a mí y besar esos labios que me mienten.
Las ingles
Amor, las ingles se me incendian como si un fósforo me prendiese, como si las antorchas me quemasen entre flores de olores renacidos.
Amor, qué hermoso es el olor del sexo, el que queda en la piel después de amarse, el olor de follar a campo abierto, bajo las estrellas que pintaste en el tejado, y que sobrevuelan este lado de las sábanas.
Es mi aroma de hembra el que se prende de tus ingles. Hay algo animal en el amor. Un celo, un canto que se inicia con el coño, un deseo más allá de la ternura y que la envuelve.
Abrazo tu cuerpo desnudo, mi Amado, y abrazarte es darte libertad, pues te puedes ir en cuanto quieras. No preciso retenerte. Sé que en ti llevas mi piel y mi mirada. Sé que no hay nadie más que entregarte pueda lo que yo, este alma que suspira por la tuya, esta alma que se funde con tu cuerpo, esta carne que pronuncia tu nombre, que anhela tu polla, que es palabra y palabra cruenta, palabra que es sangre, y amante de tu fuente.
Amor, qué hermoso es el olor del sexo, el que queda en la piel después de amarse, el olor de follar a campo abierto, bajo las estrellas que pintaste en el tejado, y que sobrevuelan este lado de las sábanas.
Es mi aroma de hembra el que se prende de tus ingles. Hay algo animal en el amor. Un celo, un canto que se inicia con el coño, un deseo más allá de la ternura y que la envuelve.
Abrazo tu cuerpo desnudo, mi Amado, y abrazarte es darte libertad, pues te puedes ir en cuanto quieras. No preciso retenerte. Sé que en ti llevas mi piel y mi mirada. Sé que no hay nadie más que entregarte pueda lo que yo, este alma que suspira por la tuya, esta alma que se funde con tu cuerpo, esta carne que pronuncia tu nombre, que anhela tu polla, que es palabra y palabra cruenta, palabra que es sangre, y amante de tu fuente.
martes, 29 de marzo de 2016
Qué desvíos
Amor, qué desvíos nos envuelven. Qué desembocaduras. Qué instancias se abren allá lejos, donde los semáforos se confunden, donde las señales se subvierten, y sólo quedan las palabras. Sólo las palabras que nombran el amor y lo transforman en un destino que se ahoga en su propio corazón.
Amor, la muerte espera. Toca el órgano y la música de Bach se desparrama. Es el silencio de la calma, la paz de las hogueras, el fuego santo que todo lo convierte en la ceniza sagrada del deseo.
Amor, la muerte se dibuja. La muerte es la reina de las togas, la más sabia. La serpiente de las tentaciones, la que llama a los suicidas y que, bajo el puente, traza las líneas de la luna.
Mi Amado, qué oscuridad vendrá para quedarse. Qué labios besarán mi memoria, cuando me haya ido en pos del unicornio, cuando mis huellas se borren del camino y en tus besos quede mi boca para siempre.
Mi Amado, en qué lugares de las flores vendrá otra primavera. En qué silencio de las llamas ocurrirán las hecatombes. En qué agua, y en qué tierra.
Amor, la muerte espera. Toca el órgano y la música de Bach se desparrama. Es el silencio de la calma, la paz de las hogueras, el fuego santo que todo lo convierte en la ceniza sagrada del deseo.
Amor, la muerte se dibuja. La muerte es la reina de las togas, la más sabia. La serpiente de las tentaciones, la que llama a los suicidas y que, bajo el puente, traza las líneas de la luna.
Mi Amado, qué oscuridad vendrá para quedarse. Qué labios besarán mi memoria, cuando me haya ido en pos del unicornio, cuando mis huellas se borren del camino y en tus besos quede mi boca para siempre.
Mi Amado, en qué lugares de las flores vendrá otra primavera. En qué silencio de las llamas ocurrirán las hecatombes. En qué agua, y en qué tierra.
Qué ciudad
Amor, qué ciudad me representa. Vino Jerusalén con aquel muro, donde se lamentan de las lágrimas, donde se llora la sangre derramada. Vino en aquellas calles que se estremecían al toque de un tambor que teníamos en el pecho, cuando las manos no llegaban a alcanzar esa inmanencia que salía del corazón y que era carne del Cordero, allí donde cenó por vez primera, con aquellas traiciones, con los gallos, con las cruces levantadas entre olivos y la voz de Dios en la tormenta.
Amor, en las tiendas de recuerdos vendían la memoria. En los bares ofrecían el vino, consagrado una y mil veces en la iglesia de la Anunciación.
Entre sombras y entre flores se nos volcará en las manos. Nos llegará al roce de los labios. Será como un ave que vuela más allá del deseo, allí donde las camas se unen en el albergue de las dádivas.
Se nos dio el amor en la cuna del tiempo. Se nos dio en sus mismas entrañas, en su mismo cielo. En su misma plática, en la palabra que es materia y también sustancia. En el mismo Verbo.
Amor, en las tiendas de recuerdos vendían la memoria. En los bares ofrecían el vino, consagrado una y mil veces en la iglesia de la Anunciación.
Entre sombras y entre flores se nos volcará en las manos. Nos llegará al roce de los labios. Será como un ave que vuela más allá del deseo, allí donde las camas se unen en el albergue de las dádivas.
Se nos dio el amor en la cuna del tiempo. Se nos dio en sus mismas entrañas, en su mismo cielo. En su misma plática, en la palabra que es materia y también sustancia. En el mismo Verbo.
Qué densos
Amor, qué densos son los nidos de la plata. Qué augurios nos esconden. Dónde palpita el corazón, que se oculta a esta recién nacida primavera.
Estos rayos de sol se desvanecen con la caída de la luna. La luna nos desciende, a su paso por el cielo.
Amor, qué ojos blancos nos miran desde arriba. Qué labios no dejan de besar. Qué rotaciones viven en el alba, cuando las rosas se llenan de tu semen.
La amapola más blanca es la ternura. Mis manos son como dos lunares que han crecido, que han sobrepasado las ancianas cimas de la nieve, y se vuelcan en tus dedos. Se apresuran entre las derivaciones de las sendas donde la sangre deja huellas, donde los astros se inmiscuyen en la cotidiana ración del manantial, con el agua de los brocales en que el mar es un reflejo de ese agua que se mantiene con los besos.
Mi Amado, quebrar este silencio, quebrar mis mismas manos que me llevan a buscarte en el fiordo, tras los pasos del hielo, en el géiser, en el iceberg, en el témpano del tiempo.
Estos rayos de sol se desvanecen con la caída de la luna. La luna nos desciende, a su paso por el cielo.
Amor, qué ojos blancos nos miran desde arriba. Qué labios no dejan de besar. Qué rotaciones viven en el alba, cuando las rosas se llenan de tu semen.
La amapola más blanca es la ternura. Mis manos son como dos lunares que han crecido, que han sobrepasado las ancianas cimas de la nieve, y se vuelcan en tus dedos. Se apresuran entre las derivaciones de las sendas donde la sangre deja huellas, donde los astros se inmiscuyen en la cotidiana ración del manantial, con el agua de los brocales en que el mar es un reflejo de ese agua que se mantiene con los besos.
Mi Amado, quebrar este silencio, quebrar mis mismas manos que me llevan a buscarte en el fiordo, tras los pasos del hielo, en el géiser, en el iceberg, en el témpano del tiempo.
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