Tus ojos me desnudan lentamente. Poco a poco se va uniendo tu mirada en la desnudez que me transciende. Desnuda soy la más hermosa, porque tus pupilas me entregan la belleza.
Soy para ti, para que juegues con mis dedos, para que respires el aire que respiro, para que la sangre se encabrite como un potro abandonado, para que surja el rojo de la guerra y entre los muertos te encuentres con mi pelo.
Se venden todavía las naranjas. En los mercados se apilan con cerezas y con fresas aunque noviembre nos dejó. Su jugo me resbala entre las manos, y te lo doy, con todas las certezas, para que me bebas la piel y la acaricies con tus labios.
Mi hombre, bendito es mi cuerpo bendecido por el tuyo. Enigma mi carne en el enigma de la tuya. Misterio irresoluble que también se nos desnuda por la carne, cuando nos amamos resistiendo el frío. Amor de precipicios donde la desnudez es el todo que nos une, donde las ingles se expresan en el lenguaje antiguo de ese pensamiento que quedó sin las palabras.
Blog de poemas eróticos, místicos y amorosos, de Teresa Domingo Català.
lunes, 30 de mayo de 2016
domingo, 29 de mayo de 2016
Me reciben
Me reciben los recuerdos. Se me amontona la distancia. Eres como un pálpito donde el corazón se ha cansado de girar, y se detiene, porque espera tu regreso.
Mi Amado, me resides. Estás en mí y me permaneces mientras yo también te permanezco.
Eres el cristal que mis ojos precisaron, eres mi necesidad más abyecta y más sublime. Eres la montaña de las flores que el cielo me puso en el camino, estás en la misma sangre que me atraviesa la piel, y en las cimas de la piel me rememora.
El Réquiem me recorre. Mozart surge entre las diosas. Se me pone entre los dedos y me abrasa este interior enamorado. Me abrasa este lenguaje de lluvia, de mes de mayo, de esta primavera que vino con la serenidad del beso que entre los labios muere.
Es cada atardecer una agonía pura. Un manto de sangre por el cielo. Un latir de gaviotas cerca de este Mediterráneo que enmudece su rumor de algas, de dádivas de agua.
Mi amor, este mar me pertenece. Le entregué mis naves, le di mis posesiones. Dejé que su espuma me clavase en esta cruz que el alba me reflejó en las ingles.
Mi Amado, me resides. Estás en mí y me permaneces mientras yo también te permanezco.
Eres el cristal que mis ojos precisaron, eres mi necesidad más abyecta y más sublime. Eres la montaña de las flores que el cielo me puso en el camino, estás en la misma sangre que me atraviesa la piel, y en las cimas de la piel me rememora.
El Réquiem me recorre. Mozart surge entre las diosas. Se me pone entre los dedos y me abrasa este interior enamorado. Me abrasa este lenguaje de lluvia, de mes de mayo, de esta primavera que vino con la serenidad del beso que entre los labios muere.
Es cada atardecer una agonía pura. Un manto de sangre por el cielo. Un latir de gaviotas cerca de este Mediterráneo que enmudece su rumor de algas, de dádivas de agua.
Mi amor, este mar me pertenece. Le entregué mis naves, le di mis posesiones. Dejé que su espuma me clavase en esta cruz que el alba me reflejó en las ingles.
viernes, 27 de mayo de 2016
Cómo devoro
Cómo devoro tus ausencias. Cómo tu semen se me implanta en las terminaciones, al lado de un corazón que vive en la infinidad, invulnerable por la caída del Verbo.
Cómo se me revisten las antorchas que visibilizan los caminos de la muerte.
Qué lados encontraré en los matices de este amor que es llave y es consciencia de ser llave, y es como un ancestro de la visión que se recibe entre murallas y que sobre ellas explosiona.
Eres mi Walhalla, allí donde los hombres como tú son coronados, son expuestos a la lumbre, y con la espada que surge de la fuente cortas el agua que me dio un lenguaje desde el cielo.
Mi Amado, pasan las carreteras, se van las estaciones. Mayo casi finaliza. Las perlas de Ormuz siguen en sus ostras y el niño mexicano sobrevive.
Mi Amado, mira cómo mi cuerpo permanece eterno en el ansia, con un deseo de ti que es como un hambre que a veces es señuelo.
Mi Amado, eres el alma del fuego para parir el alba.
Cómo se me revisten las antorchas que visibilizan los caminos de la muerte.
Qué lados encontraré en los matices de este amor que es llave y es consciencia de ser llave, y es como un ancestro de la visión que se recibe entre murallas y que sobre ellas explosiona.
Eres mi Walhalla, allí donde los hombres como tú son coronados, son expuestos a la lumbre, y con la espada que surge de la fuente cortas el agua que me dio un lenguaje desde el cielo.
Mi Amado, pasan las carreteras, se van las estaciones. Mayo casi finaliza. Las perlas de Ormuz siguen en sus ostras y el niño mexicano sobrevive.
Mi Amado, mira cómo mi cuerpo permanece eterno en el ansia, con un deseo de ti que es como un hambre que a veces es señuelo.
Mi Amado, eres el alma del fuego para parir el alba.
jueves, 26 de mayo de 2016
No puedo
No puedo ver las amapolas. El tren se va deprisa. Pronto llegará sobre sus ruedas.
Cabe el café en una sola mano. Cabe el café en la amapola.
Sé que la luna brilla entre tus pies. En una ancha luna, enrojecida entre los fogones del Hades. Y el carbón antiguo, el negro carbón que alimentó esos relojes traspasados, se tiñó de tiempo oscuro.
Pero, ¡qué rojas son las amapolas! ¡Cómo convierten la penumbra en un deslizarse quedamente de lo negro!
Cómo la raíz se prende de la tierra, se aprisiona, y queda encerrada bajo el alba. Cómo el deseo la construye lejos de los matorrales y su ansia.
¡Qué bellas son las amapolas, que aparecen sin pensar y mueren sin crecer!
Árboles y piedras, anaqueles de metal, furia acartonada, bandera de flores, ramos de horas, ¿dónde estás, que sólo me aparecen las ramas y las hojas? Mi amor, un río me atraviesa.
Veo las amapolas en el agua. Miro cómo resucitan.
Cabe el café en una sola mano. Cabe el café en la amapola.
Sé que la luna brilla entre tus pies. En una ancha luna, enrojecida entre los fogones del Hades. Y el carbón antiguo, el negro carbón que alimentó esos relojes traspasados, se tiñó de tiempo oscuro.
Pero, ¡qué rojas son las amapolas! ¡Cómo convierten la penumbra en un deslizarse quedamente de lo negro!
Cómo la raíz se prende de la tierra, se aprisiona, y queda encerrada bajo el alba. Cómo el deseo la construye lejos de los matorrales y su ansia.
¡Qué bellas son las amapolas, que aparecen sin pensar y mueren sin crecer!
Árboles y piedras, anaqueles de metal, furia acartonada, bandera de flores, ramos de horas, ¿dónde estás, que sólo me aparecen las ramas y las hojas? Mi amor, un río me atraviesa.
Veo las amapolas en el agua. Miro cómo resucitan.
lunes, 23 de mayo de 2016
El cielo
El cielo está gris, como tu pelo. Hay nubes que lloviznan, y en voz baja se desnudan los arcángeles.
Me miro el aura. Es amarillenta. La quiero roja para ti, para que esta lava cincele los asfaltos y se incruste por la noche entre las sábanas.
Eres el deseado, el Mesías más ardiente, puro fuego entre las zarzas. Eres el inquieto, el que conoce todos los ángulos de mi cuerpo. Eres el doliente, el que llora las mañanas en todos los rincones de mi sangre.
Adoleces de ese blanco lunar que nos respira. Como una estrella en su dolor estallan las conspiraciones, los vestigios de los ojos de los santos, los minerales que el olvido olvidó entre sus enseres.
Hay una lumbre en el amor que no se muere, mi niño, entre tus brazos. Se me refleja entre los dedos, y en la penumbra me brillan, y en el ansia.
Se anegan los nenúfares como rescoldos en el agua. Absorta en su perfume te recuerdo, amor, en esos besos que me dio la madrugada, y que tiñeron mi latir con el negro más puro de un vacío que se llenó con las flores del barranco.
Me miro el aura. Es amarillenta. La quiero roja para ti, para que esta lava cincele los asfaltos y se incruste por la noche entre las sábanas.
Eres el deseado, el Mesías más ardiente, puro fuego entre las zarzas. Eres el inquieto, el que conoce todos los ángulos de mi cuerpo. Eres el doliente, el que llora las mañanas en todos los rincones de mi sangre.
Adoleces de ese blanco lunar que nos respira. Como una estrella en su dolor estallan las conspiraciones, los vestigios de los ojos de los santos, los minerales que el olvido olvidó entre sus enseres.
Hay una lumbre en el amor que no se muere, mi niño, entre tus brazos. Se me refleja entre los dedos, y en la penumbra me brillan, y en el ansia.
Se anegan los nenúfares como rescoldos en el agua. Absorta en su perfume te recuerdo, amor, en esos besos que me dio la madrugada, y que tiñeron mi latir con el negro más puro de un vacío que se llenó con las flores del barranco.
domingo, 22 de mayo de 2016
Me recorre el laberinto
Me recorre el laberinto. Se me inmiscuye. Es como un rodar por la autopista hasta tus ojos.
Me lleno de ti, de tu color, de tus albas y tus noches, del escarlata que amanece y del púrpura que a la medianoche se propaga por el cielo.
Me incita la penumbra. Me incita a iluminarla. A crear con sus brumas el solsticio, el que vendrá entre las hogueras que derramarán su fuego en el horizonte de tus ojos.
Hiedra bendecida, creces en los arrabales del amor como los crímenes, como las malignidades que acechan en la orilla, y como las latitudes en que el mar es alabanza te deslizas en mi cuerpo y acometes la misión más cruda del destino.
El destino es azul, como tus ojos. Está envuelto en firmamento. Sigue la senda alada de los cielos.
Como un entrecruzarse de aromas volcánicos, terribles, eres derramándote en mí, en esta piel que te anhela más allá de todo el tiempo, más allá del deseo que engendró este amor que me sostiene, feliz, en la alegría.
Me lleno de ti, de tu color, de tus albas y tus noches, del escarlata que amanece y del púrpura que a la medianoche se propaga por el cielo.
Me incita la penumbra. Me incita a iluminarla. A crear con sus brumas el solsticio, el que vendrá entre las hogueras que derramarán su fuego en el horizonte de tus ojos.
Hiedra bendecida, creces en los arrabales del amor como los crímenes, como las malignidades que acechan en la orilla, y como las latitudes en que el mar es alabanza te deslizas en mi cuerpo y acometes la misión más cruda del destino.
El destino es azul, como tus ojos. Está envuelto en firmamento. Sigue la senda alada de los cielos.
Como un entrecruzarse de aromas volcánicos, terribles, eres derramándote en mí, en esta piel que te anhela más allá de todo el tiempo, más allá del deseo que engendró este amor que me sostiene, feliz, en la alegría.
sábado, 21 de mayo de 2016
Caín
Caín se derrotó entre sus manos. Se llevaba el espejo de su cara, sus crímenes y su desasosiego cuando vio caer la sangre de su hermano que era inocente como la sangre del Cordero.
Mi sangre también es inocente. Y tu sangre es pura como el río que la nieva, su idiosincrasia de oleaje, y sus brumas perfumadas.
¿Sientes cómo labro junto a ti el cauce y lleno su caudal con el aceite que desprenden las antorchas? Quiero manchar las aguas puras, las virginidades, las santificaciones, los umbrales de esa Jerusalén que se enamora de las hojas del olivo.
Quiero manchar la lluvia que nos desciende hacia el abismo. Mancharlo todo con mi sombra, con el cayado que Edipo recogió para alumbrarse, para proseguir su llanto en el camino.
Sé que el amor es una circunstancia. Amanece en el amor como un milagro una ala de gaviota. Se enreda entre las huellas que dejó con su esqueleto, deja sus huesos separados.
Mi sangre también es inocente. Y tu sangre es pura como el río que la nieva, su idiosincrasia de oleaje, y sus brumas perfumadas.
¿Sientes cómo labro junto a ti el cauce y lleno su caudal con el aceite que desprenden las antorchas? Quiero manchar las aguas puras, las virginidades, las santificaciones, los umbrales de esa Jerusalén que se enamora de las hojas del olivo.
Quiero manchar la lluvia que nos desciende hacia el abismo. Mancharlo todo con mi sombra, con el cayado que Edipo recogió para alumbrarse, para proseguir su llanto en el camino.
Sé que el amor es una circunstancia. Amanece en el amor como un milagro una ala de gaviota. Se enreda entre las huellas que dejó con su esqueleto, deja sus huesos separados.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)