lunes, 9 de noviembre de 2015

Subí

Amor, subí a las nieves que guardas junto a ti, y sólo vi lo blanco. Era un espejismo de blancura, un desierto helado. Por todas partes una extensión pálida, un grito en que se encierra la mañana.
En el transcurrir de esa blancura olvidé que dejaste tus huellas sin pisar, que hollé con las mías tu mirada, y me volví albina ante tus ojos.
Amor, oigo los maitines en mi insomnio. Mi piel te los escucha. Siento cómo me resbalan, cómo se deslizan por mi cuerpo con el fragor de la inocencia, de esa pureza prístina incurable que nos abandona al morir por vez primera.
Amor, qué hay en tu carne que se vuelve alba, ese sol que desde oriente determina que empiece nuevamente el sacramento, que la noche desaparezca y que la negrura se tiña con la aurora.
Amor, qué hay en el alma que elude los barrancos, y se precipita sobre el mar, Te busca entre la leña y la vendimia, te busca en el cielo y en el fuego, te busca en el aire que se prende, mientras el camino te persigue y hay un bosque en que la sangre se adormece.

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